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La peor prueba del delito : la confesión

La peor prueba del delito : la confesión

Sí, ya sé que algunos miembros del gremio de psicólogos se me tirarán encima, y muy probablemente otros tantos miembros de cuerpos policiales que habrán recibido formación sobre técnicas de entrevista y interrogatorio y que creen fehacientemente en su efectividad. Prefiero ser polémico a ignorado. Pero lo digo tal como lo creo y lo siento: que la confesión de un delito no debería ser tenida en cuenta como prueba, y menos en según que circunstancias.
¿Por qué razón soy tan incrédulo? Para empezar, un dato: en un estudio donde se analizaban las características de condenados a pena de muerte cuya inocencia fue posteriormente demostrada a través de pruebas de ADN, más de uno de cada cinco había confesado su culpabilidad en algo en lo que no estaban involucrados (Dixon, 2010 ; Scheck, Neufeld, & Dwyer, 2000). Es decir, que más del 20% habían hecho una confesión falsa. Y eso solo entre los condenados a pena de muerte. Probablemente el resto de delitos reflejen cifras similares. Y algo aún más grave y estremecedor: el hecho de que otras condenas llevadas a cabo a partir de falsas confesiones no visto subsanado el error (para ser claros, personas inocentes que han sido ejecutadas).
¿Cuál es el método tan dudosamente eficaz de interrogatorio extendido en Estados Unidos? Pues, precisamente, el que muchos se han animado a defender tras la imposibilidad de obtener las confesiones de los implicados que fueron absueltos en el caso Marta del Castillo, quienes impacientados por la imposibilidad de sacarles confesión válida sobre lo sucedido, apuestan por la utilización de técnicas coercitivas, de manipulación y presión a nivel psicológico (y que, precisamente, tras más de 80 años de imperio, al fin se están empezando a poner en duda en América).
Así, la base de los interrogatorios en Estados Unidos se centra en el método Reid, que tenéis resumido aquí en unos pocos pasos, y que parte de la base de que el interrogado es culpable (haya o no evidencias suficientes), y cuya finalidad del interrogatorio es la confesión de culpabilidad. Aquellos aficionados a las series policiales norteamericanas podréis dar buena cuenta de ello: ¿cuántos capítulos terminan con una escena final en la que el presunto autor del delito confiesa su culpabilidad? La confesión se establece como un quid, como el fin del caso, cuando en realidad debería ser más bien un medio para la obtención del fin último, que es la versión veraz de los hechos.
Este tipo de técnicas aparecieron como sustituto a los métodos físicos de coerción que derivaron en escandalosos errores judiciales en los años 30.
En el método Reid, la presión psicológica se aborda sobre el sospechoso mediante la creación de ansiedad para facilitar así la confesión. El sospechoso es ayudado a confesar, por ejemplo, cuando el investigador sugiere una versión de lo que ocurrió que minimice la culpabilidad del sospechoso,la inmoralidad o su anormalidad social. Los interrogadores pueden mentir a los sospechosos, por lo general respecto a  las evidencia disponibles en contra del interrogado. Al igual que la mayoría de los otros estilos de interrogatorio de Estados Unidos, el método Reid pone énfasis considerable en la capacidad de los interrogadores para leer el “lenguaje corporal” del sospechoso (Dixon, 2010)

En Reino Unido ya hace un tiempo que, tras algunos errores judiciales sonados donde los métodos policiales a la hora de obtener la confesión quedaron en entredicho, (véase los casos Confait,Cardiff Three y Heron) no dudaron en reformar el modelo en el que los interrogatorios se llevan a cabo, degradando el valor que puede tener la confesión y adquiriendo mayor importancia la obtención de detalles relevantes para poder esclarecer los hechos y obtener pruebas materiales de lo sucedido. Así, ya no hablan tan siquiera de interrogatorio, sino más bien de “entrevista de investigación” en la que el/los implicados no son tratados como presuntos culpables, sino como un agente activo más necesario para la obtención de pruebas. La confesión queda en un segundo plano, deja de ser el objetivo principal de la entrevista, dada la manifiesta incapacidad. El método, bautizado bajo la mnemotecnia PEACE, ha mostrado hasta ahora unos resultados más que satisfactorios, viéndose una tendencia colaborativa por parte de los entrevistados sin necesidad de utilizar métodos de engaño, coactivos o de presión en la obtención de datos relevantes para la resolución de un caso.  
No debemos obsesionarnos: la confesión no es para nada la panacea en la resolución del delito. Puede ser un instrumento útil para ayudarnos a esclarecer los hechos, pero nunca la prueba clave. La palabra del ser humano es de todo menos fiable. En ocasiones se hace imposible saber cuales son las causas por las que alguien puede decir o dejar de decir algo. Y si a eso le añadimos la posible ansiedad que puede generarle a ciertos colectivos (menores, personas con patologías o deficiencias mentales…)  el mismo proceso policial (detención, interrogatorio…), es lógico pensar en la posible existencia de falsas confesiones. Aunque todo nos invite a pensar que el detenido velará por sus intereses en la declaración, y declarará su inocencia siempre que sea así, ya hemos podido ver que hay factores que pueden incitar a confesar falsamente aún yendo en contra de uno mismo (¡hasta el punto de provocar su propia muerte!). Hay presiones, reales o imaginadas, que pueden dar lugar a declaraciones erróneas, del mismo modo que la existencia de lecturas equivocadas de los “interrogadores”.
Para terminar os pongo un ejemplo personal sobre los esperpentos que en ocasiones nos genera la razón (o diría, más bien, sinrazón) y que pueden produce conductas impropias. Cada vez que, conduciendo, me encuentro un coche de la Guardia Civil en plena carretera, se produce en mí una súbita aceleración del pulso y una tensión insólita, a la que suceden pensamientos absurdos del tipo “ya verás que me paran y me encuentran droga que alguien me ha metido en el maletero” o “ya verás que me detienen porque creen que oculto algo”. Si el Guardia Civil de turno me parase, observaría en mí un lenguaje corporal donde se da a entender que realmente estoy escondiendo algo. Nerviosismo, sudores, incoherencia en el habla…Y no, ni tengo droga en el coche, ni un cadáver en el maletero (¡y con seguro y permiso de conducir en regla!). Aunque a saber, si luego me sometieran a un interrogatorio policial quizá confesara eso y más.

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