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Es lo que tengo, no creo en Dios

Es lo que tengo, no creo en Dios

“Lo mejor que podemos hacer es portarnos lo mejor posible, y no pensar que hay un dios con una pala gigante ahí arriba”
Dewey

Hace unos días volví a ver la que creo que es una de las secuencias más memorables de la serie “Malcolm in the middle”. En ella, Dewey, el pequeño de la família debatía con su profesora en torno a la existencia de dios del siguiente modo:

Un discurso inocente pero contundente que evidencia en un minuto el absurdo de exponer cualquier tipo de argumentario en torno a la existencia de Dios. En definitiva, ni lo hay ni lo habrá nunca, lo cual no implica en realidad que no se pueda tener fe en su existencia. Como diría el primer Wittgenstein, es algo que no está al alcance del decir, tan solo del mostrar.
Sin embargo, es algo que siempre me ha costado horrores entender desde pequeño, ya que nunca he albergado en mi interior algo que se acercara de algún modo a la fe. Se puede decir que desde pequeño siempre fui un escéptico radical a todas luces, idea que se fortaleció sobre todo cuando el resto de compañeros de colegio se encontraban en época de hacer la comunión. Desde un primer momento estuve convencido de que aquéllos que hacían la comunión la realizaban con un solo fin: obtener un cúmulo de regalos tal que no podía compararse a ninguna fiesta de cumpleaños. Al fin y al cabo, resultaba que un acto de fe en Dios y en un mundo suprasensible no era más que una celebración a lo bestia del consumo.
Por supuesto, acorde a la ausencia de sentimiento alguno sobre la existencia de un ser omnipotente, nunca hice la comunión, y rara ha sido la vez que he presenciado una misa desde entonces. Aunque, teniendo en cuenta que era una celebración materialista, no estaría tan desacorde a mis principios.jesusteama
Sea como fuere, en ningún momento he vivido ninguna sensación o experiencia que me acercara a la fe en algún dios. No es que no haya tenido predisposición a creer, ya que siempre he pensado que nada sería más fácil para mí que saber que la vida tiene un sentido más allá del que le damos como individuos.
Nadie me habla por las noches, ni por las mañanas, ni mientras tomo el café, ni mientras voy a cagar. Esto último no estaría del todo mal, un Dios que solo se manifiesta cuando defecamos, que se presenta muy cabrón en el momento en el que los seres humanos necesitamos mayor intimidad. Un Dios pillo, que hace el travieso con los muñecos que ha creado. Precisamente el tipo de Dios que define Dewey. Un Dios que hace lo que le da la puta gana con la gente.
Perdón, que me disperso.
Revisando lo que he venido escribiendo en los últimos años, lo más curioso es que rara vez he manifestado mi postura religiosa de forma pública. Dándole vueltas (no demasiadas) he llegado a la conclusión de que se ha convertido para mí en un asunto irrelevante. Porque al fin y al cabo, creamos o no en un Dios, nuestras vidas están basadas en constantes actos de fe. Mi acto de fe es que solo existe el aquí y ahora, y no puedo negar que todo el pensamiento que moldeo se encuentra en torno a la creencia de que no hay nada más allá de esta vida. Por mucho que exista la posibilidad de no ser cierto, no me cabe en la cabeza otra posibilidad que no sea la de mi acto de fe. Por eso no puedo sino comprender a los que adoptan la posición contraria, siempre y cuando esa posición no conlleve el rechazo a esta vida. Ahí siempre estaremos enfrentados, y nos vamos a llevar mal por los siglos de los siglos.

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