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Pánico a la felicidad

Pánico a la felicidad

Debo hacer una confesión: a veces tengo pánico de la felicidad.

No hay ningún doble sentido en la frase, es toda una realidad. Ya sea por la influencia que el estoicismo tiene en mi pensamiento, ya sea por cualquier otra razón, me doy cuenta de que en muchas ocasiones, cuando tomo conciencia de que me encuentro en uno de esos momentos de mi vida en los que todo está bordando la perfección, me siento como si estuviera al borde de caer desde un acantilado. Lo que pienso es “esto que me está pasando es demasiado bueno para ser cierto, prepárate porque cuando se acabe te va a doler”. Aunque no puedo negar haber vivido intensamente todos y cada uno de esos momentos en los que no cambiaría un ápice de lo que hay a mi alrededor, ese pánico en ocasiones me jode la fiesta.

Cliff oh Moher, Liscannor, Ireland
Fotografía de Giusseppe Milo

Eso sería un problema menor para alguien que goza de una forma de vida equilibrada, que busca que esta no le dé más sobresaltos que el infarto que le pegará mientras vaya de camino a buscar algo de comer a la nevera.

Pero no podía conformarme con eso. Resulta que mi mayor problema es que necesito que todos los días de mi vida sean épicos, algo que parece ser incompatible con cualquier clase de equilibrio. Porque cuando esos días llegan, cuando los sientes como únicos e irrepetibles, un día normal, que para mucha gente podría ser un gran día, pierde todo su interés. Es a todas luces un día perdido.

Queda claro entonces que mi propósito de vida es alcanzar tantos momentos memorables como pueda. Los busco por todos lados, en los rincones más insospechados, en los pequeños detalles, en las cosas más pequeñas. Pero además quiero que, una vez encontrados esos instantes, no exista ninguna clase de miedo a descoyuntarme en el acantilado. Al fin y al cabo, las caídas que he tenido pueden haber sido en algunos momentos dolorosas, pero infinitamente compensadas por esos momentos en los que tocas el cielo. Todos habréis llegado a ese instante en algún momento, y aunque luego haya implicado volver a bajar a la planície de la normalidad ¿Valió la pena, no?

Pues eso mismo debería autoaplicarme cuando me acerco a ese abismo. Así que sirva este post como un pequeño recordatorio personal.

Y para épica, esta canción de Nero.

Cómo podemos ser tan diferentes y a la vez tan parecidos

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