Hoy os contaré una anécdota que de vez en cuando me viene a la cabeza y que todavía me hace reflexionar a pesar de la lejanía del acontecimiento. Corría el año 2010 y me dirigí a la oficina de la empresa en la que trabajaba por aquel entonces, de cara a que me notificaran mi despido. En ella me encontré a uno de los responsables de recursos humanos, una persona que de primeras me causó cierta simpatía por su parecido con uno de los componentes del grupo Antònia Font.

Por ese entonces la había liado bastante gorda escribiendo una carta al director del museo en el que ejercía mis funciones (Para más detalles, leer capítulo 5 de “Emprender en Criminología”), pero a pesar de la incómoda situación, el trato, y incluso el tono de la conversación, fue muy complaciente de su parte, casi como el de un padre que ve como su hijo se le rebela por primera vez. Quizá por ello me quedé con gran parte de lo que me dijo.

No dudó por supuesto en reprenderme mi conducta combativa, pero lo hizo en todo momento de un modo que solo puedo considerar constructivo. Entre todas las cosas que dijo, hubo una que me llamó la atención: “No puedes saltarte tu rol. Ahora te toca aprender y madurar, pero tu papel no te permite hacer lo que has hecho”. Quizá fui yo que le dí demasiada importancia a esa frase, pero creo que esconde mucho sobre la apreciación global que tenemos de los conceptos de jerarquía y poder. Me estaba dando a entender que socialmente la acción que había llevado a cabo estaba fuera de lugar, pero no tanto por la acción en sí misma sino por la posición que ocupaba en ese momento: un trabajador raso con una experiencia laboral limitada y un poder de decisión nulo no está en posición de reclamar nada, y menos del modo en que lo hice, saltándome las jerarquías de la empresa para comunicarme con el director.

Y ciertamente, creo que no le faltaba razón: muchas veces realizamos un juicio sobre una persona no tanto por el valor del hecho en sí mismo sino por la posición de poder que ostenta, ya sea obteniendo un prestigio social determinado o generando una red de contactos lo suficientemente fuerte como para poder ejercer su voluntad en una medida cada vez mayor. Pienso en el modo en el que una persona termina llevando a cabo actos de corrupción: estos son solo posibles una vez asume un rol de poder determinado, un papel que le ofrece cierta libertad para actuar conforme a su voluntad. Antes de llevar a cabo dichas acciones debe ser capaz una red que le sitúe un puesto por encima de los demás, ya que es eso lo que le permite llevar a cabo los distintos ilícitos con cierta impunidad.

Esto es tan solo una interpretación un tanto difusa de esas palabras (una reflexión de viernes tarde no puede ser más que eso) pero las diferentes experiencias vividas posteriormente no han hecho sino darle más peso a lo que dijo. Así que aunque tarde, le agradezco esa reflexión al señorhermanogemelodelcomponentedelgrupoAntoniaFont.

Cómo podemos ser tan diferentes y a la vez tan parecidos