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El panadero que repartió alegría

Ambiente laboral

El panadero que repartió alegría

El panadero que repartió alegría

En 2012, Miquel Pujol, más conocido como Miquel des forn de Sa Pelleteria echaba el cierre a una de las panaderías más conocidas y con más historia de Palma. Tras más de 49 años donde se convirtió en uno de los mejores artesanos de Cremadillos y Ensaimadas, Miquel decidió que era hora de descansar.

Por este motivo, el documental “La vida dolça” (2012) quiso rendir homenaje a su figura, no solo por su labor como panadero en el barrio de la Calatrava, sino sobre todo por su trabajo como “repartidor de alegría”. Se muestra a una persona que consiguió generar un vínculo muy estrecho con los vecinos y clientes habituales, y donde además de endulzar la vida de la gente mostraba interés en escuchar a los demás. El éxito de que tuviera éxito estribaba en esa capacidad de empatizar con los demás, lo cual unido a una vocación de ofrecer un buen producto al cliente conseguían formar un cóctel perfecto. En el documental hace hincapié en que para recibir antes hay que dar, y es lo que procuró hacer durante todos sus años de trabajo. Probablemente podría haber rentabilizado mucho mejor esa fama, pero no era esa su prioridad: su objetivo era hacer feliz a la gente.

Uno de los mayores problemas de las grandes corporaciones es que esa noción servicial donde el valor no está en el negocio en sí mismo sino más bien en la capacidad de satisfacer lo mejor posible las demandas del cliente se difumina. Sin embargo, se trata de una serie de valores que debieran resultar irrenunciables en cualquier empresa. En ocasiones se mueven tanto entre números y maximización de beneficios que se pierde la noción de que lo que se ofrece es un servicio o producto de unas personas para otras personas. Es a partir de ese momento que prácticas empresariales reprochables se reproducen como normales dentro del modelo del capital. Se produce una tensión entre servir a la gente y aprovecharse de ella, generando que las organizaciones hayan perdido poco a poco esa identidad con la que contaban los comercios tradicionales.

Sin embargo, como ya vimos cuando abordamos la responsabilidad social corporativa, los clientes demandan cada vez más que las empresas no solo ofrezcan un buen producto, sino que lo hagan bajo unas condiciones mínimas de respeto al ser humano y de preocupación por su entorno.

El valor de una marca estriba no solo en lo que ofrece, sino en la huella positiva que es capaz de dejar a su alrededor. Miquel des forn consiguió de sobras dejar ese legado, como lo demostró la calida despedida en el cierre de la panadería.

Cómo podemos ser tan diferentes y a la vez tan parecidos

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