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Regalar conocimiento puede no ser tan buena idea

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Regalar conocimiento puede no ser tan buena idea

Regalar conocimiento puede no ser tan buena idea

Como ya sabéis, vengo interesándome desde hace tiempo en las nuevas modalidades de aprendizaje y acceso al conocimiento en la red, y más concretamente en el ámbito de la formación. Fui de los primeros en matricularme en un curso de Coursera, con título incluido, y creo que la disrupción generada por plataformas de este tipo va a modificar en pocos años el modelo de educación universitaria imperante hasta el día de hoy.

Para los que todavía desconozcan estas plataformas, su funcionamiento se basa en la oferta de acceso gratuito a todos los contenidos, y el rendimiento económico se obtiene a través de los certificados y el material complementario que ofrecen en los cursos. Sin embargo, esa gratuidad no significa que el contenido sea de baja calidad, al contrario, todas las grandes universidades están presentes en él, y podemos dar fe que el aprendizaje es más que satisfactorio, lo cual ha llevado a que millones de usuarios se hayan registrado ya en una de las plataformas de conocimiento en abierto más completas que podemos encontrar a día de hoy.

Así mismo ¿Es ese modelo gratuito y en abierto el mejor para promover el conocimiento? La respuesta lógica sería: cuanto más gente puede acceder a ese conocimiento, más gente aprende obviamente. Pero la respuesta queda menos clara tras un reciente estudio publicado por Fedora.  En él se compara el engagement existente en los cursos gratuitos con el que se da en los cursos de pago. Los resultados fueron más que clarificadores: mientras que poco más de un 9% terminaba los cursos gratuitos, en el caso de los cursos de pago el resultado era de un 36% de personas que lo finalizaban. Una diferencia demasiado significativa como para no tenerla en cuenta, ya que muestra una correlación clara entre implicación en un curso y cuantía pagada por él. Dentro del estudio realizaron además otro experimento: poniendo el mismo curso gratuitamente y de pago en diferentes momentos, se encontraron con que aquellos que pagaron por él tenían más tendencia a terminarlo. Eso implica que no es una cuestión de ausencia de calidad en los cursos gratuitos, sino que hay otras causas que se encuentran dentro de ese fenómeno.

Hay que tener en cuenta que seguimos valorando las cosas por lo que nos cuestan. Una persona que paga por un curso se sentirá más obligada que una que ha accedido gratuitamente por el mero hecho de no quedarse con la sensación de tirar el dinero. Incluso, cuando se ofrece algo gratuitamente o a un precio muy por debajo de su calidad real, este tiende a minusvalorarse. El mensaje que puede llevarse el alumno puede ser: este curso no vale nada.

El interés de una persona que comparte su conocimiento no es tanto que accedan una cantidad infinita de alumnos, sino que los que accedan aprendan el máximo posible. Y para ello es importante generar el máximo grado de implicación posible desde el primer momento. Por ello cualquiera que se dedique a la difusión del conocimiento debe pensarse muy bien el valor que le dé a su obra. En Criminología y Justicia cometimos ese error al principio: los libros tenían un precio tan asequible que el valor que se le daba no se adecuaba a su calidad. Enmendado ese error, y con una nueva política de precios, no solo no se resintieron las ventas sino que aumentaron. Sin renunciar a la gratuidad de una parte importante de los contenidos (como los de la revista digital, o incluso ofreciendo “Emprender en criminología” gratis suscribiéndose a la newsletter) pero por ahora optamos por ponerle un precio a las obras.

Sea como fuere, son datos para reflexionar mucho sobre cuál debe ser el mejor modo de promover el conocimiento.

Cómo podemos ser tan diferentes y a la vez tan parecidos

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