Si ayer presentábamos un modelo en el que se explicaba la escalada de un conflicto organizacional como una espiral, hoy os traigo otra explicación alternativa elaborada por los hermanos Van Fleet (2007). Éstos conciben la escalada de la violencia en el trabajo del mismo modo que el proceso en el cual un volcán termina entrando en erupción, donde se dan diferentes fases.

La fase de reacción

En su origen, el individuo se ve afectado por una serie de acontecimientos en su vida, que o bien pueden ser de pequeño calado pero que se van acumulando, o bien puede tratarse de un acontecimiento único que por sus características resulta muy doloroso y afecta negativamente al individuo, y que puede ser causado tanto por aspectos relacionados con el trabajo, como por aspectos externos. Ese daño hace que exista una reacción que puede trasladarse a cualquier escena de su vida diaria, incluida, por supuesto, la laboral.

Fase de rechazo

En la fase de rechazo se producen pequeñas acciones de poca gravedad en las que el individuo reacciona negativamente ante aquellas cosas o personas que el sujeto considera que han provocado sus problemas. Así, actúa de modos que no son los habituales o esperados de él en la organización, como descender su ritmo de trabajo, no realizar su tarea a tiempo a pesar de ser un objetivo alcanzable por él en el pasado, o limitarse a hacer lo mínimo que se requiere de él. A ello se suma una actitud poco cooperativa con los compañeros. En este momento, al tratarse de un rechazo pasivo se puede identificar con el murmullo que solo un vulcanólogo podría identificar.

La fase de expresión

En esta fase, la persona empieza a manifestar de manera activa, pero aún sutil, su violencia. Se corresponde con la fase en la que el volcán empieza a soltar vapor. Es un momento en el que el sujeto ya no esconde su ira y frustración, y que se expresa de modos tales como discusiones activas con compañeros de trabajo, difusión de rumores pensados para dañar a otros colegas, mostrando un comportamiento intimidador o buscando el apoyo de otros compañeros para encontrar un chivo expiatorio al que culpar de todos los males que él sufre. Los empleados empiezan observar que algo está pasando.

Fase de escalada

En esta fase, se produce una escalada en su comportamiento violento. Las conductas anteriormente señaladas, que en un principio eran aisladas, empiezan a ser más reiteradas y dañinas, y que suelen dirigirse siempre a una misma dirección, ya sea esta un compañero, la empresa en sí misma, los clientes, etc. En este momento, todos los que se encuentran cercanos a él ya detectan la gravedad de la situación.

Fase de intensificación

En esta penúltima fase, el individuo se acerca a la erupción final, donde deja a las claras su pretensión de destruir su entorno. Ello puede traducirse en amenazas a compañeros, disputas físicas, destrucción de bienes de la empresa e incluso amenazas de suicidio.

La fase de erupción

En este momento, como todos sabemos, el volcán desata toda la furia que lleva dentro. En este momento es cuando todas esas amenazas de dañar a otros se ejecutan definitivamente, produciendo daños irreparables. Todo el que se encuentra a su alrededor corre entonces peligro de sufrir las consecuencias de sus actos.

Como ya dijimos ayer, este tipo de teorías son funcionales en tanto resultan ilustradoras sobre los procesos que puede seguir una conducta antisocial o un comportamiento violento en el trabajo, pero difíciles de corroborar en la práctica. Sin embargo, esta visión resulta interesante en la medida en que presenta la violencia de un compañero de trabajo de forma escalonada, en consonancia con lo que hemos ido viendo en algunos de los estudios sobre la materia. El ciclo de violencia en el trabajo no es algo que brote repentinamente, sino que tiende a seguir una progresión que a veces puede durar meses. La ventaja en comparación con el volcán es que es posible prevenir un daño mayor observando algunos de los síntomas que presenta: de una fase de daño pasivo, a otra donde el daño es sutil, a otra donde sus acciones son más activas, hasta llegar al estallido final puede haber margen suficiente para evitar consecuencias que puedan resultar más fatídicas.

Los síntomas están ahí, solo hay que observarlos.