¿Sabías que he publicado un libro? Se llama "Nadie debería trabajar jamás"

La novedad era -y sigue siendo- una de las categorías de lo otro. En nuestra época, la novedad es un eslogan que vende. Antiguamente, por el contrario, daba miedo. Más adelante evocaremos los motines y las revueltas provocadas por el aumento de impuestos. Pero una sobretasa fiscal no era solamente un fardo más para hombros ya fatigados, era también una novedad. Era una de las formas de lo otro. «Nuestros pueblos -admitían los jurados de Burdeos en 1651- se impacientan, naturalmente, ante todas las novedades». A los rebeldes del Périgord en 1637, las imposiciones recientemente decididas les parecen «extraordinarias, insoportables, ilegítimas, excesivas, desconocidas para nuestros padres». La misma negativa a las «novedades» reaparece en la «demanda del populacho» que los campesinos amotinados de veinte parroquias bretonas hacen presentar en 1675 al marqués de Nevet y a través suyo al gobernador de la provincia: «Estamos de acuerdo con pagar (los impuestos) que existían hace sesenta años y no nos demoramos en pagar a cada cual su derecho, como le pertenece, y sólo nos rebelamos contra los nuevos edictos y cargas«. Si los proyectos o los rumores de extensión de las gabelas a regiones que estaban tradicionalmente exentas -baja Normandía, Bretaña, Poitou, Gascuña- suscitaron tantas reacciones violentas, era porque los pueblos veían en ella un ataque a sus privilegios más antiguos y, por tanto, a su libertad, una violación tanto de sus derechos como de la palabra de los reyes. De ahí el famoso grito: » ¡Viva el rey sin gabela!»

Jean Delumeau. El miedo en Occidente.

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