¿Sabías que he publicado un libro? Se llama "Nadie debería trabajar jamás"

.¿Qué tal si hacemos una buena inversión en el desarrollo informático de una aplicación única en el ámbito de la justicia? Un bombazo, una revolución en la resquebrajada estructura de nuestra jurisdicción, un software que basado en componentes semánticos y lógicos muy potentes, sea capaz de dirimir todas las denuncias que lleguen a la administración de justicia, que impida un atisbo interpretativo sobre la norma.
Este software introduciría todas las normas de ordenamiento jurídico de tal modo que conectara unas con otras, eliminando o modificando aquellas que fueran efectivamente contradictorias entre sí (labor atribuida actualmente al Tribunal Constitucional, y de la que sería despojada su autoridad, provocando su disolución), y mostrándose compacta e impidiendo así los juegos de palabras con los que se consigue se archivar, indultar, absolver o dejar sin aplicación de norma alguna causas injustas de hecho. A este software no le valdría con justificaciones por causa de cargo o posición privilegiada. No le valdría tampoco justificación por alarma social. Nadie podría adecuarla, moldearla ni flexibilizarla, a no ser que, por mecanismos democráticos, se decidiera modificar una norma legal dentro del programa, por lo que se llevaría a cabo un protocolo especial de introducción de nuevos datos.
Para poder introducir esa nueva norma debería pasar una serie de filtros de calidad preestablecidos (que aportara algo a las normas ya impuestas, que no contradiga a otras, que sean frases claras y concisas para que no haya interpretación alternativa de la norma…).
Un software que vaya más allá de cualquier jurisprudencia, que lo que hace es demostrar cuán poco trabajada está la misma en el momento de ser redactada para que deba ser un caso particular el que incline la balanza sobre la dinámica que debe seguir la norma.
El software estaría creado de tal modo que no habría posibilidad alguna de establecer clases de ajusticiados. Todos son, ante el programa, iguales. Nadie puede estar por encima de él. Si cometes un acto tipificado como delito te tocará cumplir la condena. Que sea imposible que si p entonces q, para otros pueda ser si p quizá entonces q.
Tampoco sería fácil engañar al software. Capaz de reconocer los diferentes métodos humano de engaño ocultos dentro de juegos de palabras, penalizaría todo intento de manipularlo a gusto de cada uno. La introducción de pruebas de una causa se evaluaría en términos cuantitativos (número de periciales,confesiones, pruebas, con un valor númerico atribuido a cada una en función de la calidad e importancia de cada una) de la que se realizaría un cómputo total o baremo para definir la culpabilidad o inocencia de una persona. Requeriría años de trabajo perfeccionar los métodos de cuantificación, pero ni la más imperfecta versión de este software sería tan mala como la justicia ejercida por las propias personas.
Una justicia lejos de abusones, de sobones, de pelotas, de aprovechados, de élites, de mafiosos. Una justicia puramente robótica, trabajada a partir de los últimos desarrollos en inteligencia artifical.  
Permitiría, entre otras cosas, reducir el costoso e ineficiente sistema de justicia actual. Menos jueces, menos secretarios, menos administrativos. El conjunto de la población decidiría las normas, y éstas podrían seguir siendo nocivas para sí mismos, pero una vez decididas todos los actos pasarían a regularse y ser decididos por el software. Permitiría evaluar causas judiciales en cuestión de segundos una vez introducidos todos los datos necesarios. Se podría prescindir del grupo de cargos selectos que se adhieren a su potestad sobre la interpretación de la norma para dirimir sobre lo que es y lo que no es parte de nuestro ordenamiento jurídico. Dejaríamos de depender de un selecto colectivo, para depender de un sistema mucho más complejo, y a la vez más completo.
Contraería sus riesgos, más sus virtudes demostrarían con el tiempo que lo que antes llamábamos justicia nunca mereció recibir tal calificación.

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