¿Sabías que he publicado un libro? Se llama "Nadie debería trabajar jamás"

Cuando he empezado a escribir este post mi intención era dirigir todo un elenco de críticas al modo con el que los medios de comunicación estaban tratando el accidente ferroviario ocurrido en Santiago. Todos los medios, sin excepción, se han afanado en difundir y poner en portada imágenes y vídeos que nos ponen a todos los pelos de punta, mostrando un nulo respeto a los fallecidos, los heridos y todos sus familiares, y en general al pueblo gallego.
Bajo un hasthag del tipo ‪#‎todosconGalicia‬ parece que su conciencia quede tranquila y tengan libertad de acción para que el modo de mostrar la información sea lo más explícito posible. No solo son sensacionalistas sino que, para más inri, se jactan de apoyar a las víctimas con un cinismo digno de admiración.
Sin embargo, hay una cosa importante que hay que tener en cuenta. Que todos los medios coincidan en el modo de difundir el accidente como puro morbo no es casual. Aparte del emisor, hay un receptor que, aunque no nos guste reconocerlo, reclama ese tipo de imágenes.
Somos nosotros, los consumidores de esa información, también responsables de que se trate del modo en que se hace, y que se haga de una tragedia un espectáculo. El morbo y la violencia, sea real o ficcionada, hace que nos hierva la sangre, y no hace falta decir qué contenidos se encuentran ahora mismo entre los más compartidos en las redes sociales. Suelo acompañar los posts con enlaces a lo que menciono, pero para el caso no lo voy a hacer porque todos hemos visto lo que se está difundiendo sin ningún tipo de reparo.
El problema no son entonces los medios de comunicación, sino nosotros, los seres humanos, que somos incapaces de controlar esa parte tan deplorable de nuestro interior, con el consiguiente daño que todo esto causa a las víctimas.
Si realmente queremos respetar a las víctimas, por favor, hagamos un pequeño esfuerzo y dejemos de promocionar imágenes y vídeos del suceso. Ya sabes que hay una barbaridad de muertos y otros tantos heridos, que el tren iba a demasiada velocidad y que el descarrilamiento ha sido terrible, y no debería hacernos falta ver nada para imaginarnos lo dramático de la situación. Apaga la tele. Deja el periódico para otro día, no lo compres, o no leas su edición digital, y no compartas más que aquéllo que pueda actuar en beneficio de las víctimas. No hace falta tragarse toda la mierda con la que nos están ametrallando en las últimas horas para hacerlo. Dejemos trabajar a los profesionales y colaboremos en la medida en que esté a nuestro alcance. Afortunadamente, igual que conservamos esa parte tan deleznable y que tanto detesto, este tipo de sucesos sirven para ver que la colaboración ciudadana y la ayuda al prójimo puede aparecer con fuerza en los momentos más críticos. De vez en cuando ese hijo de puta que llevamos dentro queda marginado y podemos estar orgullosos de las acciones de las personas.
Finalmente, si no podemos hacer nada, estemos presentes no ahora, sino en el momento en el que las víctimas van a necesitar más apoyo social, que es cuando éstas empiezan a ser olvidadas, porque lo van a necesitar.
Ése es el único respeto posible ahora mismo. Todo lo demás es un teatro que debemos (y podemos) evitar.

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