Haciendo balance del año en Criminología y Justicia me encuentro con que el artículo más leído es, de lejos, el escrito por Martiniano Mallavibarrena sobre tendencias tecnológicas de las que estar pendiente en Criminología, con ni más ni menos que 43.000 lecturas. Creo que es un buen modo de detectar cuáles son las necesidades que tiene la sociedad ahora mismo, y explorar la cabida que podemos llegar a tener los criminólogos en campos que van más allá de lo social y lo jurídico, este último un ámbito en el que se han empeñado en especializarnos cuando a la vez nos vienen cerrando las puertas constantemente a nivel laboral.  Es evidente que las nuevas formas delictivas que se están generando lo están haciendo de la mano de los avances en tecnología, y el ejemplo más fehaciente es la red. Según un estudio de la compañía de antivirus Norton, el cibercrimen ha generado pérdidas de más de 117.000 millones de dólares en todo el mundo, con más de 378 millones de víctimas en todo el mundo. Otro estudio realizado por EY en su informe Global Information Security Report muestra que el 83% de los más de 1.900 ejecutivos encuestados aseguran que las funciones de seguridad de sus empresas no se ajustan a las necesidades, y que el 93% de las empresas tenían planteado aumentar su gasto en ciberseguridad. No es descabellado entonces pensar en una figura predicada recientemente por mi colega Abel González,el cibercriminólogo», que bien podría integrarse en el seno de las empresas que requirieran sus servicios.

El propio F.B.I, tras los atentados del 11-S, empezó a tener en cuenta la importancia del cibercrimen y a darle prioridad hace ya más de 10 años, sin embargo tristemente son contados con los dedos de la mano los criminólogos especialistas en esta materia en España. Incluso la vigilancia obsesiva con la que Estados Unidos ha sometido a la red es muestra de donde se encuentra realmente nuestra tarea fundamental a día de hoy (Véase Snowden).

No estaría de más, como propósito para el próximo año, que los criminólogos nos propongamos aprender muchísimo más sobre tecnología (básicamente, porque de eso en la universidad nos han enseñado poco o nada). Abogaría, yendo más allá, por una inclusión inminente de asignaturas de corte tecnológico en los planes de estudios del grado de criminología, pero quizá eso sea pedir demasiado por ahora. Me basta con que seamos conscientes de que nuestro espacio no estará donde nosotros digamos, sino donde nos lo pidan. 

Fotografía de Skley