¿Sabías que he publicado un libro? Se llama "Nadie debería trabajar jamás"

16 de octubre de 2013, México.

Tras cerca de 10 horas de viaje en avión, llego por primera vez al aeropuerto de México D.F. Allí me recibe Wael Hikal, responsable principal de que me encuentre allí en ese momento, y que me empieza a explicar a grandes rasgos la ruta de viajes que nos espera en las siguientes dos semanas, a lo que procuro atender como puedo a pesar del cansancio que llevo encima. Dado que hasta ese momento conocía a Wael solo a través de correos electrónicos, todavía era incapaz de distinguir entre los momentos en los que ironizaba, y en los que estaba diciendo algo seriamente. Fue ahí cuando mencionó que tras los congresos pedían fotos y incluso autógrafos, algo que obviamente me tomé a broma.

17 de octubre de 2013, México.

Imparto la primera de las conferencias en México, en el congreso organizado por la Sociedad Mexicana de Criminología Capítulo Nuevo León, ante una cantidad de asistentes que para mí era abrumadora. Con los nervios iniciales bastante palpables y con un bloqueo importante en los primeros minutos que me llevaba a  contar algo totalmente diferente a lo que quería decir, expongo durante poco más de media hora mi historia. Parecía, por la reacción de la gente, que la cosa había ido bastante bien. Al terminar salgo de la sala mientras escucho de fondo a Jorge Alberto Pérez Tolentino, el siguiente en exponer. Sin embargo, algunos de los asistentes salen fuera para pedirme tomarse una foto y felicitarme. Me sorprende un poco la situación, pero no le doy mayor importancia. Pero lo chocante llegó una vez terminada la conferencia de Jorge. Me encontraba hablando con Juan José cuando me reclaman una primera foto. Y tras esa, otra. Y tras esa otra, otra más. Y luego otra con dos personas más. Y otra. Y luego una con un grupo mucho más amplio. Y así…hasta que perdí la cuenta. Decir esto último queda un poco pedante, y de hecho lo es. Es más, fue tal el número de fotografías que me tomaron, que no necesité mucho más para que se me subiera a la cabeza (o perdiera el piso como se dice en México).

Lo demuestra una anécdota: tras todas esas fotos, acudieron dos chicas para pedirme una fotografía. Lo extraño fue que al pedirla, me dieron la cámara. Mi reacción inicial fue la de que lo que querían hacerse un ‘selfie’ conmigo. Pero la realidad era que las dos chicas lo que deseaban era que simplemente les hiciera una foto a ellas, ya que ni siquiera procedían del congreso. De que esto sucedió realmente pueden dar fe muchos de los allí presentes, y que generó un buen número de carcajadas, empezando por las mías.

El caso es que esta situación se ha venido repitiendo en el resto de congresos en los que he participado: das la conferencia, hay aplausos y luego petición de fotos. Resulta que Wael no bromeaba ni mucho menos.

7 de Mayo de 2014, Granada, España.

Acudo al X Congreso de Criminología organizado por SEIC-FACE en Granada. Es la primera vez que asisto a un evento de esta importancia en España, con ponentes y comunicaciones de bastante nivel. Sin embargo, me llama la atención como, en los turnos de preguntas, las críticas son de todo menos cariñosas. Poco importa la trayectoria del ponente: si has hecho o dicho algo erróneamente, se saca a relucir. Se va a cuchillo. El sentido crítico y la exigencia de los asistentes es enorme. Pero esto es precisamente muy sano para la disciplina: el nivel de exigencia sobre las aportaciones y estudios es máximo, indiferentemente de lo importante que seas. Nadie pide fotos a los ponentes, con excepción de unos pocos, y lo que prima es, por encima de todo, que el conocimiento sea de valor.

En la balanza

Presentados los dos escenarios, no me cabe la menor duda que si viviera en México sería uno de muchos a los que las adulaciones se le subirían a la cabeza rápidamente si me dedicara a realizar congresos y talleres, pues sea por una u otra razón, el respeto sobre la persona que expone es muy elevado (demasiado para mi gusto). Cuando volví de México en octubre, explicaba a todo el mundo lo vivido, y cuando comentaba el modo en que se vivían los congresos existía cierta perplejidad, por no decir incredulidad, sobre lo que les decía. Por eso, cuando lo explico, suelo comparar la visión que se tiene del conferencista en México con una especie de estrella de rock, que llega más bien para dar un espectáculo que para transmitir conocimiento.

Todo ello viene a cuento del reciente artículo publicado por Wael en Cyj México en el que critica abiertamente a Erick Gómez Tagle López.

No quiero ahondar en la opinión de Wael, porque es la suya y nadie mejor que él para exponerla. Pero lo que sí puedo decir es que lo que percibe y critica Wael es compartido por un buen número de colegas de profesión aquí en España, y que en no pocas ocasiones quedamos perplejos ante algunas de las publicaciones de Erick (sin ser el único, ni considerar que la culpa de todo sea suya). Algunos de los talleres que expone a buen seguro están muy bien como espectáculo y incluso se puede llegar a aceptar como un buen modo de ganarse la vida, pero dar a entender que se está haciendo ciencia me parece mucho más grave.

Un detalle que me inquieta. Tras el artículo de Wael, Erick optó prudentemente por guardar silencio, lo cual supone casi siempre una estrategia bastante inteligente. Sin embargo, algo hizo que me pitaran los oídos, al afirmar  que “las críticas son siempre bien recibidas, pero hay que tener la calidad moral para realizarlas”. Tal y como entiendo la frase, parece autoatribuirse a sí mismo criterio suficiente para decir lo que es cualitativamente moral y lo que no, una postura más propia de un sacerdote que de un pensador, y donde prevalece más el sentimiento de superioridad intelectual antes que la capacidad de juicio real. Pero bueno, quizá mi interpretación venga sesgada por una fotografía que subió hace un tiempo a su perfil en Facebook (Modo stalker ON), en la que hacía gala de sus tres menciones honoríficas y que, visto desde fuera entendí como una ostentación bastante gratuita. Pensándolo mejor creo que le tengo envidia porque la única mención honorífica que puedo obtener es por ser bueno jugando al Pro Evolution Soccer.

Como no quiero victimizar aún más a Erick (que ya tiene suficiente con lo de Wael), desdramatizaré un poco su caso diciendo que, aún contando con toda esa exposición más propia de una estrella de rock que de un académico, no creo que ni mucho menos la responsabilidad de ello sea solo suya (si no hubiera un entorno social que aprobara su actitud, él no la llevaría a cabo), ni tampoco que se le tenga que pedir que sea perfecto en todo lo que hace o dice. Para los que que no le conocemos personalmente, la imagen que desprende a través de las redes sociales no le favorece precisamente, pero cometería el mismo error que él atribuyéndome potestad en la capacidad de juicio. Se trata de una percepción personal y nada más. Incluso, se puede decir que lleva a cabo una muy buena estrategia de marketing social que le sirve para promover avances académicos que quizá de otro modo no se conocerían tanto. Creo que en ese sentido sí que deben valorarse positivamente sus acciones aunque no comparta el modo en que las lleva a cabo.

Pero al final, lo más importante de todo no son los ídolos. Los ídolos que prevalecen tienden históricamente a querer mantener su estatus y su dominio teórico-intelectual el mayor tiempo posible. Y ello facilita el estancamiento de una disciplina si no se rebaten y discuten las teorías con capacidad crítica suficiente. Recuerdo que cierto profesor de filosofía decía que muchas corrientes de pensamiento desaparecían simplemente porque el autor moría, y con él, sus argumentos.

Un mayor espíritu crítico sobre las figuras intelectuales con más reputación en México será precisamente la mayor garantía de que la criminología avance.

Queda en vuestras manos.

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