¿Sabías que he publicado un libro? Se llama "Nadie debería trabajar jamás"

Ayer asistí con cierto asombro a una gracieta que se les ocurrió hacer en el programa de televisión española Master Chef. Este concurso de cocina se nutre de diferentes pruebas semanales que son sometidas a juicio por parte de tres prestigiosos chefs que no se suelen cortar un pelo a la hora de criticar la calidad de un plato, teniendo serias dudas de si realmente hay algo de constructivo en ellas. Sea como fuere, es un trasvase del estilo Risto Mejide al mundo de la cocina, por lo que tampoco es algo nuevo.

El caso es que ayer decidieron hacer una pequeña broma en la que en lugar de ser ellos los encargados de juzgar a los concursantes, fueran los hijos y un sobrino de los jueces. El resultado lo podéis ver a continuación:

Lejos de parecerme algo divertido, la impresión que me llevé era la de estar dando un ejemplo nefasto en torno a conductas que eran claramente irrespetuosas. Ver como los niños hacían comentarios que rozaban la falta de respeto algunos, y otros que superaban esa barrera (El «no te enrolles» replicado a la última concursante que aparece en el vídeo es la gota que colma el vaso) a la vez que los adultos les reían sus ocurrencias me pareció algo más bien para llorar. Luego nos extraña que los chavales no respeten a los padres cuando ellos mismos normalizan conductas denigratorias como esas y hasta se divierten con ellas.

Nos sorprende también que la violencia filio-parental esté experimentando un ascenso en el número de casos, que en 2013 se situó en las 4659 denuncias. No me cabe en la cabeza que se plantee como una idea inocente algo que refleja a las claras una actitud despreciativa de los niños sobre los adultos. Resulta curioso porque nos preocupamos más de la violencia en los videojuegos cuando la base de la violencia de los niños se encuentra en muchas ocasiones en la ausencia de control parental sobre las actividades que lleva a cabo el menor. Si un chaval lleva a cabo una acción reprobable pero ésta no es reprendida, no la identificará como mala, y lo más probable es que la normalice en su conducta. Si a ello unimos una actitud de sumisión de los padres a la voluntad del menor, revertir los efectos nocivos que puede llegar a comportar puede alcanzar niveles dramáticos.

Pero sigamos riéndoles las gracias ahora que todavía no pueden hacer ningún daño.

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