¿Sabías que he publicado un libro? Se llama "Nadie debería trabajar jamás"

Debo confesar que, a pesar de disfrutar de la conducción y de considerar al coche casi como un amigo más que un objeto, hay algo que se da cada vez que me toca bajar a la ciudad: me convierto en un conductor agresivo. Me di cuenta mientras releía el capítulo de Jose María González en torno a los factores que desencadenan la conducción agresiva.

Dado que vivo en una población a las afueras de Palma de Mallorca, cuando cojo el coche en un primer momento las sensaciones que tengo son más bien positivas, y en mi cabeza suenan canciones como esta:

Sin embargo, a medida que me adentro en las dificultades de la vía urbana ese conductor alegre se transforma poco a poco en un conductor agresivo y, por ende, peligroso.

Esto se debe a tres razones fundamentales:

La primera es la densidad de tráfico con la que uno se suele encontrar cuando entra en el casco urbano de la ciudad, sobretodo en horas punta, y que provoca una ralentización tal que uno tiene la sensación de que andando probablemente tardaría menos en llegar al lugar que desea.

El segundo factor clave es la dificultad para encontrar parking. En el mundo existen dos clases de personas, las que saben aparcar, y las que solo consiguieron aparcar bien el día que se sacaron el carnet de conducir. Yo soy del segundo grupo, y necesito una plaza del tamaño de un camión para poder aparcar con garantías. Pero eso en ciudad rara vez te lo encuentras, y si tardas un poco más de la cuenta en aparcar en un espacio que has encontrado deberás enfrentarte a la presión del que venga detrás, que no te va a dejar ninguna clase de margen de error.

El tercer factor de la vía que me genera estrés y acrecienta mi agresividad al volante es lo que yo llamo el peatón estúpido o suicida.

El otro día, tras dar cuatro vueltas para encontrar parking y una retención de 10 minutos para recorrer no más de dos kilómetros, fui a girar a una calle que contaba con un paso de cebra regulado con un semáforo. Cuando me disponía a pasar el semáforo de los peatones se encontraba en rojo. Sin embargo, una chica no dudó en cruzar, sin siquiera mirar si pasaba algún coche porque estaba centrada en algo mucho más importante: contestar un mensaje de Whatsapp. Las conductas imprudentes de los peatones también se dan bastante a menudo, y no parece haber conciencia de la peligrosidad que comporta dicha actitud.

Con esa unión de factores, es tal mi nivel de estrés que lo que suena en ese momento en mi cabeza es algo así:

En este sentido, creo que los factores ambientales resultan clave en que se produzca dicha conducción agresiva en la ciudad, como habéis podido comprobar con los factores mencionados.

Pero si lo pensamos un poco, en realidad lo raro es que la conducción por la ciudad, sobretodo en el caso de ciudades que ya están históricamente conformadas desde antes de que se empezaran a fabricar coches, sea apacible.

Hay una cuestión clave que debemos tener en cuenta: en ciudad se da una convivencia entre coches, que son máquinas que pesan más de una tonelada; y los peatones, que poco o nada pueden hacer ante el choque de una máquina de tal peso. Como reflejo de ello, no debemos olvidar las cifras de atropellos en vías urbanas. Las últimas, registradas en 2013, muestran más de 9.000 peatones heridos leves, 2.000 heridos graves y 224 fallecidos en España. Son cifras nada despreciables, y que no siempre son fruto de imprudencias del peaton: el 40% de los fallecidos estaba cruzando por un paso habilitado expresamente para ello. Y para tomar conciencia de que no se trata de una cifra circunstancial, baste decir que son 4 veces más fallecidos que las muertes por violencia de género en ese mismo año en España.

Son cifras lo suficientemente preocupantes como para plantearse que, como dice mi buena amiga Cristina Llorente, las ciudades deben ser para las personas y no para los coches. No hay mejor medida para evitar los atropellos que reducir al mínimo indispensable el acceso del coche a la ciudad. La peatonalización de vías que hasta ahora eran para los coches es una medida tremendamente impopular en un primer momento, pero que una vez implantada acaba dejando en evidencia a aquéllos que critican dicha medida. Precisamente de eso mismo hablaba ayer de ello con Fernando Pizarro, alcalde de Plasencia, coincidiendo con las primeras jornadas de Criminología Vial (donde se presentó la segunda edición del libro “Aspectos criminológicos en materia de seguridad vial”). Y es que, como pude comprobar en mientras visitaba la ciudad el día previo, el ayuntamiento ha hecho un importante esfuerzo por restringir el acceso de los  coches en todo el centro histórico de la ciudad, exceptuando horas puntuales donde dicho acceso está permitido. A ello se suma la creación de otras medidas como plazas de aparcamiento gratuitas en el extrarradio de la ciudad para facilitar un estacionamiento sin demoras ni vueltas innecesarias en busca de un lugar donde aparcar. Él mismo me comentaba los problemas que había tenido para implantar todo ese paquete de medidas, pero que genera unos beneficios a los comercios de la zona a la vez que reduce considerablemente el riesgo de sufrir cualquier clase de atropello dentro de la ciudad.

Siempre habrá alguien a quien le moleste tener que andar un poco más de la cuenta para poder acudir un lugar determinado. Pero no tengo duda alguna que un peatón cabreado representa un peligro mucho menor que el que puede provocar un conductor cabreado. Sin duda el mejor modo de conseguir que estas impopulares medidas generen las menores molestias posibles es complementar esa peatonalización de vías urbanas con la potenciación de transporte público complementario que facilite el acceso a aquellos que puedan tener más dificultades. Quizá así, poco a poco, conseguiremos que el espacio que ocupen los peatones sea, al fin, mayor que los de las vías.

Por mi parte, consciente del estrés que me genera circular en ciudad, no dudo en dejar siempre que puedo el coche en el extrarradio, y optar por acudir a pie al lugar de encuentro. Y entre otras cosas he descubierto que tardo prácticamente lo mismo en llegar al lugar que cuando lo hacía en coche. Es, como mínimo, para pensarlo dos veces.

Este artículo es fruto de la breve conferencia de apertura de las Jornadas de Criminología Vial, que celebraron su primera edición en el día de ayer con la presencia de varios de los autores de la obra “Aspectos criminológicos en materia de seguridad vial”

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